LA TRAVIATA ... in spagnolo! PDF Stampa E-mail
Scritto da Andrea Merli   
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LA TRAVIATA ... in spagnolo!
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Mil y una vez se han analizado, historico y -como no- musicalmente, las circunstancias, los motivos que llevaron, con genial atino, el Maestro a elegir por argumento de un libreto, confiado a Francesco Maria Piave que con Verdi ademas compartia también frecuentes y dudosas aventuras falderas, y como inspiraciòn de inmortales melodias a una historia real y por esa razòn tan escandalosa, a un tema contemporaneo que probablemente -aunque de ello no existan pruebas concretas- habìa podido conocer y apreciar, en el transcurso de sus largas y frecuentes estadias en Paris, directamente en la versiòn teatral realizada a partir de la novela que del dia a la manana habìa hecho la fama de Alejandro Dumas hijo. El que idealizò, en un acto de calculada autoconfesiòn y redimiendose ante la moral de la nueva burguesia reinante en la Capital francesa, un amor mercenario en el que se habìa metido en el curso de 1844, encaprichandose sin poder enfrentarse con los gastos que suponìa una relaciòn con la màs cotizada entre las Demi-mondaines parisienses: Alphonsine Plessis, conocida como Marie Du Plessis, nacida en un pueblito de Normandia en 1824, que en el torbellino de su breve vida llegò a subir los mas altos eslabones de esa sociedad corrupta y viciosa, muriendo de tubercolosis el 3 de febrero de 1847 sin haber cumplido los 23 anos. Sin perdidas de tiempo y con una buena dosis de cinismo, el que conlleva casi siempre una historia de amor cuando es definitivamente terminada, Dumas publicò ya en 1848 la novela, protagonistas Marguerite Gautier y Armando Duval. Debido al exito de la misma, tan solo el ano siguiente tenia listo el drama en cinco actos cuyo estreno en el Vaudeville parisiense se retrasò hasta el 2 de febrero de 1852 por contrastes con la censura.

La Dame aux Camélias, la predilecciòn de esta flor siendo pura fantasia de Dumas, trece meses después se transformò en La traviata. Sin embargo, entre novela y drama y entre este ultimo y la òpera, cuyo libreto directamente se inspira, hay sensibles cambios, los que permitieron, si bien entre muchas dificultades, la aceptaciòn, a la censura antes que al publico, de un argumento por aquel entonces revolucionario, el de la prostituta que se redime por amor. A condiciòn, claro està, de terminar muriendo, desapareciendo de esa manera como objeto incomodo a la sociedad y ademas con una enfermedad que hacia estragos en todos los ambientes, sin distinciones sociales. La tuberculosis, a la que por pudor se la llamaba "mal de pecho" y, en Italia, mal sottile por la razòn que acechaba a las personas màs debiles, muy especialmente a las mujeres. La novela se desarrolla mediante un analisis muy detallado, y abilmente controlado para no inquietar al lector, del que podemos definir costumbrismo parisiense y de la conducta hilanada en las vicisitudes externas e internas de Marguerite. Trascurre màs de un tercio del relato sin que la historia de amor de Armand haya sido aceptada; la figura de Monsieur Duval, el padre, llega casi al final del relato. El interes se mantiene despierto màs por los detalles que por el desarrollo de los hechos, también porqué la circustancia de la renunica de la protagonista se esconde al lector casi hasta el final, mientras el espectador del drama la conoce desde el segundo acto. La novela termina, finalmente, con una visiòn amarga, pero no catartica: al cabezal de la muriente encontramos tan solo una amiga, Armand està lejos de viaje. Diferentemente la acciòn teatral trata el argumento explicitamente, puesto que la protagonista acepta sin dilacciòn el sacrificio y su martirio, siendo su situaciòn de femme entretenue algo que interesa las primeras escenas, casi una premisa, un antefacto al que se llega a olvidar con el proceder de la acciòn. No es casual que una de las màs celebres interpretes del rol, que transformaba a Marguerite en una especie de santa, Ludmila Pitoef, acusando una critica que echaba en falta la imagen de la mujer publica, declarò: "Donde, en el drama de Dumas, Marguerite es descrita como una cortesana?". Y sin embargo la censura tardò tres anos en conceder el placet al drama mismo!

La Pitoef exageraba, evidentemente. Pero si en lugar de Marguerite Gautier hubiese considerado a la heroina verdiana, Violetta Valéry, no hubiera dicho nada màs que la pura verdad, puesto que en la òpera esplicitamente "cortesana" no lo es nunca: mas que una "traviata" -literalmente, descarriada- nos encontramos, gracias a Piave y a Verdi, ante una mujer redimida. Mientras que Marguerite recibe a los hombres en su bouduoir y las intenciones por las cuales estos le hacen visita son inequivocables, la òpera comienza en el salòn de casa de Violeta, la que invita una masa indistinta, en su mayoria compuesta por la nobleza, de personajes entre los que tan solo Alfredo le declara su amor. Seguidamente, al marcharse los invitados, ella se interroga sobre ese amor, descrito como un ideal, contrapuesto a una vida de disipaciòn y de futiles placeres. En el segundo acto, efectivamente, hay una alusiòn de Germont padre a un indefinido "pasado" y el motivo, en cierta medida heroico, por el cual Violeta decide aceptar la compania del Baron Duphol es descrito como un estremo sacrificio de la heroina. En la novela, sin embargo, ese "pasado" al que Monsieur Duval se refiere no es el que su hijo Armand se haya indignamente liado con una meretriz, màs al hecho de que viva de su dinero: la questiòn de la hija, cuyo matrimonio peligra, es casi secundaria respecto a la deshonra que ha cometido el hijo. Se trata, evidentemente, de la respetabilidad social en peligro, màs que de una cuestion moral.

A tal proposito es licito entrever en La traviata rasgos autobiograficos que no atanen solo a la figura de su Autor. En esta obra, con toda seguridad, Verdi encontraba una vez mas metaforas -las intuia, sin buscarlas, evidentemente- que le pertenecian. Por ejemplo, en Rigoletto: el protagonista era un apartado de la sociedad, distinto a los demas, aislado del mundo y "estrano" para la gente normal. Un hombre que tenia dos caras, la publica en los salones de la aristocracia, la privada, silenciosa y sufrida, la de un padre secreto. El drama en Rigoletto consiste en penetrar al interior del jorobado y reconocer en èl el hombre normal en el monstruo, el amor paternal bajo la risa del bufòn corrupto. Rigoletto y Violetta son ambos prostitutas rescatadas, dos individuos que se venden por el vil metal, pero que finalmente se salvan con el sacrificio y con el dolor: debajo del jorobado hay un padre, la puta es el simbolo del amor. En el gobbo Verdi pudo encontrar parte de su caracter tosco y urano, concretizò su rechazo hacia una sociedad que se le habia mostrado hostil y cerrada: "Cortigiani, vil razza dannata". En la heroina de Dumas viò reflejada su relaciòn more uxorio con Giuseppina Strepponi, un complejo e indefinible nudo de intima amistad, mas que de verdadero amor, de intereses culturales, profesionales y -detalle no trascurable- economicos que habian entrelazado desde almenos de diez anos, sin haber legalizado la uniòn. La Strepponi, que solo mucho mas tarde se convertiria en la Senora de Verdi, era a los ojos de los vecinos de Busseto, pequena y provinciana pobaciòn, una pecadora, una mujer con un engorroso y censurable pasado. Por supuesto, ella era la traviata.

La historia de Giuseppe Verdi, nacido en Roncole de Busseto en 1813 en un ambiente modesto, es harto conocida. Su Pigmalion fue el iluminado ricachòn del lugar, Antonio Barezzi que substituyendo la figura paterna del legitimo Carlo Verdi -una relaciòn, la de Giuseppe con sus padres, que fue siempre conflictiva y bastante amarga por ambas partes- le apoyò y ayudò economicamente en los dificiles comienzos de su carrera de compositor. Verdi se casò con su hija Margherita, de la que consta era sinceramente enamorado, y de ella tuvo dos hijos, con tal mala racha que tras su primer exito con Oberto, Conte di San Bonifacio (Teatro alla Scala, Milan 17 de noviembre 1839) y el fracaso de su unica opera bufa, Un giorno di regno, se murieron y enviudò. Era el 19 de junio de 1840 cuando el tercer ataud salia de su casa: Giuseppe Verdi tenìa 27 anos.

Mas oscura, llena de sombras, la historia de la Strepponi, dos anos mas joven pero también objeto de los avatares del destino. Hija primogenita de Feliciano Strepponi, joven compositor que a los dieciocho anos rebelde y romantico se habia enamorado y casado con una chica de dieciseis, Rosa Cornalba igualmente interesada a la musica, empezò desde nina a frecuentar el conservatorio de Milan y el ambiente de la Scala, però quedò huerfana en 1832 contando apenas 15 anos y con una familia sobre sus blancas y diminutas espaldas. Familia a la que solo ella, con sus precoces dotes de cantante, podia mantener dignamente y rescatar de la inevitable miseria, literalmente del hambre. Su ascenso artistico fue rapido, quemando etapas como era costumbre en las prima donna de su epoca y contando, sobretodo, con la figura de un protector, que a la vez cubrìa el rol de amante y de agente. Este respondia al nombre de Camillo Cirelli, hombre maduro, hecho y muy poco derecho, puesto que ya tenìa una esposa e hijos. Eso no le impidiò, segun la moral permisiva e hipocrita a la vez de esos tiempos cuando una mujer sola o era monja o era puta, deslizarse en la cama de su protegida. La Peppina, por otro lado, siguiendo una costumbre bastante usual en una epoca en que desplazarse de una ciudad a otra querìa decir estar mucho tiempo en "compania" con otros cantantes, conocer gente nueva y, en definitiva, mantuvo una promiscuidad que la sociedad toleraba con cierto deshasosiego, mientras no diera frutos ilegitimos. Los embarazos, sin embargo, se sucedian con cierta frecuencia, puesto que las mujeres no disponian de seguras tecnicas anticoncepcionales. Por ese motivo la carrera de todas las grandes interpretes, y sin que el hecho constituyera motivo de escandalo, corrian en paralelo a sus capacidades amatorias y dejaban un rastro de bastardos, casi siempre abandonados.

La Strepponi, de figura menuda pero elegante y guapa, culta puesto que hablaba corrientemente el frances y practicaba, sin amarlo mucho, el aleman -lengua oficial en la provincia austriaca del Lombardo-Veneto a la que pertenecia su natal ciudad de Lodi- y podia leer sin dificultad el ingles, que luego perfeccionò en sus visitas a Londres y el castellano, interprete de gran sensibilidad y excelente musico puesto que se habia licenciado en el clavecin y eso la ayudarìa en su relaciòn con Verdi, brillò entre las màs cotizadas artistas y, al mismo tiempo, fue cortejada por esa fauna de personajes que rondaban a todas las mas ilustres sopranos. Se la llamaba Strepponcina y también la Generalina, por su caracter decidido y fiero. Trabajaba con un ritmo exasperante, llegando a cantar una opera tan dificil como es Norma de Bellini, cinco dias seguidos: pero tenìa que pensar a su madre, a su hermano Davide y a sus dos hermanitas, Maria Antonieta y Barbarina, siempre enfermizas y tan delicadas. Una cuarta, Maria Teresa, habìa entrado en el orfelinato a la muerte del padre y de ella se habian perdido las huellas: lo que supone que probablemente habia muerto. A partir del 14 de enero de 1838, contando la Strepponi 23 anos, debiò mantener también a su Camillino, hijo de Cirelli. Tuvo, sin embargo, que dejarlo en crianza, primero en la ciudad de Turin donde habia nacido y luego en Florencia donde se educò estudiando medicina y donde muriò a los 25 anos practicando sus primeros auxilios de doctor a los enfermos de colera. Este fue, por mucho tiempo, considerado el unico hijo "oficial" de la Strepponi, del que Verdi -como todo el mundo- tenìa conocimiento y que fue, casi seguramente, uno de los obstaculos para que la relaciòn entre ambos no se resolviera mas pronto en el matrimonio, el que fue celebrado casi a escondidas en un rincon de la Saboya en 1859.

Giuseppina Strepponi, antes de empezar la relaciòn con Verdi, al que habia conocido personalmente en 1839 con ocasiòn del debut en la Scala de su primera opera, Oberto, a la que habìa partecipado como protagonista y que ella misma habia alentado, defendiendo los intereses del joven compositor, al empresario del Teatro milanes Merelli, el que seguramente habia pasado también por su cama, habìa tenido otra hija. Fue reconocida por Cirelli, pero dudosamente era suya, viò la luz en Florencia el 9 de febrero de ese mismo ano. La pequena Sinforosa, sin embargo, fue abandonada en seguida en los expuestos del Hospital de los Inocentes y solo una semana despues fue recuperada por una tal Luisa Di Stefani que la registrò con el nombre de Giuseppa Faustina. Esta desdichada hija, terminò loca en un manicomio, sin que la verdadera madre quisiera ocuparse nunca mas de ella, cancelandola de su memoria: sin embargo le sobreviviò, muriendo bien entrado el siglo XX en 1919. La enfermedad, los dolores que impidieron a la Strepponi de seguir cantando en Verona en la temporada de carnaval de 1840, dejan suponer otro embarazo -hay que considerar que por el vestuario de la epoca y por el uso de los corsetes las embarazadas seguian actuando hasta casi el final de la gestaciòn- puesto que Giuseppina regresò rapidamente en Milan para que la atendiese el doctor Moro, medico oficial de la Scala y el registro de una nina nacida muerta el 22 de marzo de 1840 en la parroquia de Santa Maria de la Pasiòn, segun la estudiosa Jane Phillips Matz, podrìa ser el de la tercera hija de la Strepponi. La que pudo, una vez mas, quedar embarazada en el curso de 1841 y parir en Trieste el 4 de noviembre otra nina a la que se impuso el nombre de Adelina y que fue, analogamente, confiada a la familia Vianello: esta hija no llegò a cumplir el ano de vida, muriendo tempranamente el 4 de octubre de 1842. Giuseppina Strepponi, ademas de su relaciòn oficial con Cirelli, tuvo varios deslices, mas o menos importantes y determinantes en su vida sentimental, con el tenor Angelo Moriani, al que se le definiò il tenore della bella morte puesto que encantaba a las damas por su romantica forma de morir en escena, con el tenor Raffaele Monti, muy probablemente a èl se refiere la misteriosa M que aparece en las cartas de Giuseppina -hay que tener en cuenta que con motivo de los controles que la censura practicaba a la correspondencia, era una costumbre muy enraigada la de referirse a las personas con apodos o con solo la inicial- y èl es el Sergente, repetidamente acusado de haberla ilusionado y luego abandonada sin ningun apoyo ni moral ni, menos, economico. Pero, dando fe a los hechos, la Strepponi no se negò a Donizetti, que ya tenìa los sintomas de la sifilis y que, sin contagiarla directamente -lo que es posible- fue hipotizablemente causa de la posterior esterilidad de Giuseppina. Con algo de razòn Verdi tuvo hacia el colega, que con èl se habìa portado con generosa amistad, un receloso hastio. Hablando de empresarios famosos, al citado Merelli va anadido el no menos importante Lanari. Y la lista se limita, claro està, a los personajes conocidos.

Queda la duda de una uniòn màs intima que la meramente artistica entre la Strepponi y Verdi durante los ensayos de Oberto. Pero fue precavidamente y muy oportunamente destruida cualquier prueba, el correo que seguramente se produjo entre ellos y que podia comprometer la imagen de el que ya era considerado un heroe nacional, que con los anos y la fundaciòn del Reino de Italia bajo la casa de los Saboya, llegò a ser un personaje publico, elegido a diputado en el primer gobierno del Pais unificado. Era, y es aun hoy en dia, dificilmente aceptable una icona de Verdi que traiciona a su legitima esposa Margherita Barezzi. Sin embargo, una vez enviudado y trascurrido un precaucional periodo de luto, ese hombre fascinante, guapo, al que le anadìa morbo el ser un poco provinciano y tosco, fue ambicionado -y el muy gustoso no se substraìa al juego- por todas las damas milanesas, empezando por las de la aristocracia. Entre las muchas, la condesita Clarina Maffei, en cuyo salòn pasaba todo el mundo intelectual y politico del momento, italiano e internacional incluyendo a Balzac y a Listz.

La relaciòn con la Strepponi puede considerarse un hecho ya en 1840, si se da fe a un retrato que ella le enviò desde Venecia, senal de una amistad que trasciende el mero interes musical y artistico. Con el exito de Nabucco, a quien contribuyò determinantemente la Strepponi, la que en rol de Abigaille gastò sus ultimos recursos vocales -y tan solo tenìa 27 anos!- los lazos se hicieron mas fuertes, definitivos. Sin embargo la Strepponi pudo tener seguridad de los sentimientos de su amado Pepino solo tras haberse trasladado en Paris para abrir una academia de canto, en 1846. El primero de junio de ese ano Verdi, de paso para Londres donde iba a presentar su nueva opera I Masnadieri, quedaba definitivamente atrapado en esa sutil telarana que con arte y tenacidad la Strepponi habia tejido para conquistar una presa que, para ella, representava el cenit, el mayor logro y triunfo personal de toda su vida. Sin embargo, si el ambiente de la Capital francesa no les ponia apuros de ningun tipo, otro canto fue el que acogiò a "los Verdi" -llamemoslos asì- al regresar en el palacete de Busseto, el 4 de septiembre de 1849. Los padres de Verdi, que el hijo prodigo habia para la ocasiòn enviado a cuidar su nueva propriedad de Santa Agata, el pueblo entero y hasta su amadisimo suegro, que luego acogiò a Giuseppina como una hija màs, se les pusieron en contra y significativa la carta que Verdi escribiò, en contestaciòn de otra llena de reprimendas, a Antonio Barezzi desde Paris:

 

"Queridisimo Suegro, tras largo silencio no esperaba recibir de Usted una carta tan fria donde hay, si no me equivoco, alguna frase ofensiva.(...) Puesto que estamos en camino de hacer revelaciones no tengo ninguna dificultad en levantar la cortina que cubre los misterios encerrados entre cuatro paredes y comentarle mi vida en mi casa (...) en la que vive una Senora libre e independiente, amante como yo de la vida solitaria, con una fortuna propria (este es un detalle que serà siempre fundamental en la vida de Verdi, tan generoso con el projimo cuan tacano hacia sus seres queridos) que la resguarda de cualquier necesidad. Ni yo ni ella tenemos porqué rendir cuentas a nadie de nuestras acciones, por otra parte quien sabe que relaciòn hay entre nosotros? Cuales los negocios? Cuales los lazos? Cuales los derechos que yo tengo sobre ella y ella sobre de mi? Quien sabe si ella es o no es mi esposa? (...) Quien sabe lo que es bien y lo que es mal? Y si fuera un mal lo que hacemos, quien tiene el derecho de lanzarnos un anatema?"

 

Hay que admirar el estilo escueto y mordaz con el que Verdi habla de la mujer que vive en su casa. Sin embargo, en los anos venideros, Giuseppina, ya ni Strepponcina ni, menos, la Generalina, tendrìa que soportar el caracter rebelde y volitivo de su Peppino. El que no se rindiò ante la amistad y el carino, que realmente nunca fue pasiòn, de su entonces fiel y abnegada esposa, para caer en amores otonales, contando ya màs de 55 anos, y vivir una desbordante, irrefrenable relaciòn amorosa, focosamente sexual con la soprano Teresina Stolz, a la que dedicò la partitura de Aida y a la que la Strepponi tuvo, necesariamente y sin alternativas, que ponerle buena cara, aceptar en el circulo de sus mas estrechas amistades y hasta tratar como amiga en un humiliante para ella menage a trois. Una historia que, con la crudeza que tienen siempre la vida y la realidad, se aparta mucho del camino romantico, de la ilusiòn y del amor puro, noble y sacrificado. Ella, Giuseppina, no muriò de tisis como Violeta, al contrario tuvo que adaptarse a la moral burguesa y perbenista que precisamente en La traviata se denuncia. Ese fue el precio -y lo es a menudo entodavia- que habia que pagar para obtener la tranquilidad de una vida acomodada y respetable, donde la frontera entre lo que es bueno y malo siempre es muy difuminada al orizonte, donde no hay ni buenos que solo son buenos, ni malos que son ... peores. Esa es la triste condiciòn del ser humano. En Verdi albergaba tanto el rebelde Alfredo cuan el autoritario padre Germont. La Strepponi, ni pura ni inocente ni joven, tuvo que sacrificarse llegando a aceptar compromisos morales equiparables a la prostituciòn. En fin: ni el uno fue un santo, ni la otra una puta y si bien es duro admitir que los proprios idolos no son perfectos, hay veces que no podemos eximirnos de hacerlo.

 



 

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